de pan, y es una lástima que no podamos ser más como él.
—Vivo con ustedes —observó Elliott con complacencia—, solo...
—¡Escucha! —gritó el otro—. La he cagado pero bien. ¿Sabes lo que he hecho? Pues bien... la primera vez que lo conocí en la calle... o más bien, fue en el Luxemburgo, ¡lo presenté a Valentine!
¿Puso algún reparo?
—Créeme —dijo Clifford, con solemnidad—, este paleto de Hastings no tiene más idea de que Valentine es... es... de hecho, es Valentine, que de que él mismo es un bello ejemplo de decencia moral en un Distrito donde la moral es tan escasa como los elefantes. Oí lo suficiente en una conversación entre ese granuja de Loffat y esa pequeña erupción inmoral de Bowles para abrir los ojos. ¡Te digo que Hastings es un encanto! Es un muchacho sano, de mente limpia, criado en un pequeño pueblo del campo, educado con la idea de que los bares son estaciones de paso hacia el infierno... y en cuanto a las mujeres...
—¿Y bien? —exigió Elliott.
—Bueno —dijo Clifford—, su idea de la mujer peligrosa es probablemente una Jezabel pintarrajeada.
—Probablemente —respondió el otro.
—¡Es un buenazo! —dijo Clifford—, y si jura que el mundo es tan bueno y puro como su propio corazón, juraré que tiene razón.
Elliott frotó su carboncillo contra su lima para afilar la punta y se volvió hacia su boceto diciendo: “Jamás oirá un ápice de pesimismo