«Ahora hará lo que le sugiramos», observó el señor Wilde, y abriendo el manuscrito, leyó la historia entera de la Dinastía Imperial de América. Luego, en un murmullo amable y tranquilizador, repasó los puntos importantes con Vance, quien permanecía de pie como aturdido. Sus ojos estaban tan vacíos e inexpresivos que imaginé que se había vuelto medio lelo, y se lo comenté al señor Wilde, quien replicó que de todos modos eso no tenía la menor
Muy pacientemente le señalamos a Vance cuál sería su parte en el asunto, y pareció comprender al cabo de un rato.
El señor Wilde explicó el manuscrito, sirviéndose de varios volúmenes de heráldica, para fundamentar el resultado de sus investigaciones. Mencionó el establecimiento de la Dinastía en Carcosa, los lagos que conectaban Hastur, Aldebarán y el misterio de las Híades. Habló de Cassilda y Camilla, y sondeó las nubosas profundidades de Demhe y del Lago de Hali.
«Los jirones festoneados del Rey de Amarillo deben ocultar a Yhtill para siempre», murmuró, pero no creo que Vance lo oyera.
Luego, gradualmente, condujo a Vance por las ramificaciones de la familia imperial, hasta Uoht y Thale, desde Naotalba y Phantom of Truth hasta Aldones, y luego, arrojando a un lado su manuscrito y sus notas, comenzó la maravillosa historia del Último Rey. Fascinado y conmovido, lo observé. Echó la cabeza hacia atrás, estiró sus largos brazos en un magnífico gesto de orgullo y poder, y sus ojos brillaron en el fondo de sus órbitas como dos esmeraldas. Vance escuchó estupefacto. En cuanto a mí, cuando por fin el señor Wilde terminó y, señalándome, exclamó: «¡El primo del Rey!», mi