alféizar de una ventana, se impulsó hacia arriba y se colgó de los rejas de hierro. Entonces la razón huyó; en su cerebro surgió el rumor de muchas voces, su corazón dio un vuelco latiendo en un frenético repique, y aferrándose a la cornisa y a los salientes, avanzó por la fachada, se aferró a tuberías y contraventanas, y trepó hasta superar el balcón de la ventana iluminada y colarse en él. Su sombrero se cayó y rodó contra los cristales. Por un momento se inclinó sin aliento contra la barandilla; luego, la ventana se abrió lentamente desde dentro.
Se quedaron mirándose el uno al otro durante un rato.
Al cabo de un momento, la muchacha dio dos pasos tambaleantes de regreso a la habitación. Él vio su rostro —ahora totalmente encendido—, la vio hundirse en una silla junto a la mesa iluminada por la lámpara y, sin decir una palabra, la siguió hacia el interior de la habitación, cerrando tras de sí los grandes cristales a modo de puerta.
Luego se miraron en silencio.