“Cazador, cazador, vuelve a cazar, deja a Rosette y a Jeanneton, Tonton, tonton, tontaine, tonton, o, para batir, desde el alba, que los Amores hagan plantón, Tonton, tontaine, tonton.”
Mientras escuchaba su hermosa voz, una masa gris que rápidamente se hizo más nítida se alzó imponente enfrente, y el cuerno resonó alegremente a través del tumulto de los sabuesos y los halcones.
Una antorcha centelleó en una puerta, una luz brotó por una puerta que se abría, y pisamos un puente de madera que temblaba bajo nuestros pies y se levantaba crujiente y tenso detrás de nosotros mientras cruzábamos el foso hacia un pequeño patio de piedra, amurallado por todas partes.
De una puerta abierta salió un hombre y, haciendo una reverencia a modo de saludo, le presentó una copa a la muchacha a mi lado. Ella tomó la copa y la rozó con sus labios, luego, bajándola, se volvió hacia mí y dijo en voz baja: «Te doy la bienvenida».
En ese momento se acercó uno de los halconeros con otra copa, pero antes de entregármela, se la ofreció a la muchacha, quien la probó. El halconero hizo un gesto para recibirla, pero ella dudó un instante y luego, dando un paso al frente, me ofreció la copa con sus propias manos.
Sentí que aquello era un acto de extraordinaria gentileza, pero apenas sabía qué se esperaba de mí, y no me la llevé a los labios de inmediato. La muchacha se puso carmesí. Comprendí que debía actuar con rapidez.
—Mademoiselle —balbuceé—, un extraño a quien habéis salvado de peligros que tal vez nunca llegue a comprender apura esta copa en honor a la más amable y encantadora anfitriona de Francia.
—En su nombre —murmuró, persignándose mientras yo apuraba la copa. Luego, cruzando el umbral, se volvió hacia mí con un gesto