—¿Qué en nombre de... —empezó, pero se contuvo y accedió con una risa.
Le observé bajar las escalera y alejarse apresuradamente, con el sable golpeando rítmicamente en cada zancada. Dobló hacia la calle Bleecker, y supe que iba a ver a Constance.
Le di diez minutos para desaparecer y luego seguí sus pasos, llevándome la corona enjoyada y la túnica de seda bordada con el Signo Amarillo. Cuando doblé hacia la calle Bleecker y entré por el portal que ostentaba el letrero...
Mr. Wilde, Reparador de Reputaciones. Tercer Timbre.
Vi al viejo Hawberk moviéndose por su tienda, y creí oír la voz de Constance en la salita; pero los evité a ambos y subí a toda prisa por las temblorosas escaleras hasta el apartamento del señor Wilde.
Llamé y entré sin ceremonias. El señor Wilde yacía gimiendo en el suelo, con el rostro cubierto de sangre, la ropa hecha jirones. Había gotas de sangre esparcidas por la alfombra, que también había sido desgarrada y deshilachada en la lucha que evidentemente acababa de librarse.
—Es ese maldito gato —dijo, cesando en sus gemidos y volviendo hacia mí sus ojos descoloridos—; me atacó mientras dormía. Creo que todavía va a matarme.
Esto era demasiado, así que fui a la cocina y, tomando una hachuela de la despensa, me dispuse a encontrar a la bestia infernal y liquidarla allí mismo. Mi búsqueda fue infructuosa y, al cabo de un rato, la abandoné y regresé para encontrar al señor Wilde en cuclillas sobre su silla alta junto a la mesa. Se había lavado la cara y cambiado de ropa. Los grandes surcos que las uñas del gato le habían cavado en el rostro los había rellenado con colodión, y un trapo ocultaba la herida de su garganta.