Tosió y añadió: «Convocado el 6 de abril».
—Entonces no necesita dinero, señor Wilde —le pregunté.
—Escucha —tosió de nuevo—.
“Mrs. C. Hamilton Chester, de Chester Park, New York City. Visitó el 7 de abril. Reputación dañada en Dieppe, Francia. Debe ser reparada para el 1 de octubre. Retribución, quinientos dólares.
“Nota.— C. Hamilton Chester, capitán del U.S.S. Avalanche, llamado a la metrópoli desde la Escuadra de los Mares del Sur el 1 de octubre.”
—Bueno —dije—, la profesión de Reparador de Reputaciones es lucrativa.
Sus ojos incoloros buscaron los míos,
“Solo quería demostrar que yo tenía razón. Dijiste que era imposible triunfar como Reparador de Reputaciones; que incluso si lograba triunfar en ciertos casos, me costaría más de lo que ganaría con ello. Hoy tengo a quinientos hombres a mi servicio, que malamente cobran, pero que prosiguen la labor con un entusiasmo que acaso nazca del miedo. Esos hombres se adentran en todos los matices y estratos de la sociedad; algunos son incluso pilares de los templos sociales más exclusivos; otros son el sostén y orgullo del mundo financiero; otros más, ejercen un dominio indiscutible entre el ‘mundillo y el talento’. Los elijo a placer entre quienes responden a mis anuncios. Es bastante fácil, todos son unos cobardes. Podría triplicar el número en veinte días si quisiera. Así que ya ves, a quienes guardan las reputaciones de sus conciudadanos, los tengo a mieldo.”
—Es posible que se vuelvan en tu contra —sugerí.