Le dije que mataría al gato en cuanto me lo encontrara, pero él se limitó a negar con la cabeza y se volvió hacia el libro de cuentas abierto ante él. Leyó uno tras otro los nombres de las personas que habían acudido a él en busca de ayuda respecto a su reputación, y las sumas que había amasado eran escalofriantes.
—Aprieto las clavijas de vez en cuando —explicó.
—Algún día cualquiera de estos tipos lo va a asesinar a usted —insistí.
—¿Eso cree usted? —dijo, frotándose las orejas mutiladas.
Era inútil discutir con él, así que bajé el manuscrito titulado «Dinastía Imperial de América», por la última vez que jamás lo bajaría en el estudio del señor Wilde. Lo leí de cabo a rabo, estremeciéndome y temblando de placer.
Cuando hube terminado, el señor Wilde tomó el manuscrito y, volviéndose hacia el oscuro pasillo que va desde su estudio hasta su dormitorio, llamó con fuerte voz: «Vance».
Entonces, por primera vez, me fijé en un hombre acubilado allí en la sombra. Cómo pude pasarlo por alto durante mi búsqueda del gato, no me lo explico.
—Vance, entra —exclamó el señor Wilde.
La figura se levantó y se arrastró hacia nosotros, y nunca olvidaré el rostro que alzó hacia mí, cuando la luz de la ventana lo iluminó.
—Vance, este es el señor Castaigne —dijo el señor Wilde. Antes de que hubiera terminado de hablar, el hombre se arrojó al suelo frente a la mesa, llorando y gimiendo—: ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios mío! ¡Ayúdame! ¡Perdóname! Oh, señor Castaigne, aleje a ese hombre. ¡No puede, no puede hablar en serio! Usted es diferente; ¡sálvame! Estoy destrozado;