un brazo por la cintura y la sostuvo hasta llevarla a una silla, diciendo con calma: «Sylvia se ha desmayado; es el calor de la habitación; traigan un poco de agua».
Trent lo trajo enseguida.
Sylvia abrió los ojos y, al cabo de un momento, se levantó y, sostenida por Marie Guernalec y Trent, pasó al dormitorio.
Era la señal de despedida, y todos fueron a estrecharle la mano a Trent, diciendo que esperaban que Sylvia se durmiera y que no fuera nada.
Cuando Marie Guernalec se despidió de él, evitó mirarlo a los ojos, pero él le habló con cordialidad y le agradeció su ayuda.
—¿Hay algo que pueda hacer, Jack? —inquirió West, rezagado,