“Permítame tan solo hablarle de vez en cuando—ocasionalmente—muy ocasionalmente”.
“Y si tú , ¿por qué no otro?”
“En absoluto; seré la discreción misma”.
“¿Discreción, por qué?”
Sus ojos eran muy claros, y Clifford se estremeció por un momento, pero solo por un momento. Entonces, apoderándose de él el demonio de la temeridad, se sentó y se entregó en cuerpo y alma, en bienes y enseres. Y todo el tiempo supo que era un tonto y que el encaprichamiento no es amor, y que cada palabra que pronunciaba lo ataba con un honor del que no había escapatoria.
Y todo el tiempo Elliott contemplaba con el ceño fruncido la plaza de la fuente y contenía salvajemente a ambos bulldogs de su deseo de acudir al rescate de Clifford —pues incluso ellos sentían que algo iba mal, mientras Elliott se enfurecía por dentro y mascullaba maldiciones—.
Cuando Clifford terminó, lo hizo bañado por un brillo de entusiasmo, pero la respuesta de Rue Barrée tardó en llegar y su ardor se fue enfriando mientras la situación adoptaba lentamente sus justas proporciones. Entonces el arrepentimiento comenzó a asomar, pero él lo hizo a un lado y prorrumpió de nuevo en protestas. A la primera palabra, Rue Barrée lo detuvo.
—Se lo agradezco —dijo, hablando con mucha seriedad—. Ningún hombre me había ofrecido matrimonio antes.
Se dio la vuelta y contempló la ciudad. Al cabo de un rato volvió a hablar. —Me ofrece usted mucho. Estoy sola, no tengo nada, no soy nada.
Volvió a girarse y miró a París, brillante, hermosa, bajo el sol de un día perfecto. Él siguió la dirección de su mirada.