Veinticuatro horas después, Selby se había olvidado por completo de Rue Barrée. Durante la semana trabajó con alma y vida en el estudio, y la noche del sábado lo halló tan cansado que se fue a la cama antes de cenar y tuvo una pesadilla sobre un río de ocre amarillo en el que se estaba ahogando.
El domingo por la mañana, a propósito de nada, pensó en Rue Barrée, y diez segundos después la vio. Fue en el mercado de flores del puente de mármol. Estaba examinando una maceta de pensamientos. El jardinero se había metido evidentemente en cuerpo y alma en la transacción, pero Rue Barrée negaba con la cabeza.
Es una cuestión discutible si Selby se habría detenido allí mismo a inspeccionar una rosa de cien hojas de no haberle desenvuelto Clifford la hebra del martes anterior. Es posible que su curiosidad estuviera picada, pues, a excepción de una pava, un muchacho de diecinueve años es el bípedo más abiertamente curioso que existe. Desde los veinte hasta la muerte intenta ocultarlo. Pero, siendo justos con Selby, también es verdad que el mercado resultaba atractivo. Bajo un cielo despejado, las flores se apiñaban y amontonaban a lo largo del puente de mármol hasta el antepecho. El aire era suave, el sol tejía un encaje de sombras entre las palmeras y brillaba en el corazón de mil rosas. La primavera había llegado —estaba en su apogeo—. Los carros de riego y los rociadores esparcían frescor por el bulevar, los gorriones se habían vuelto vulgarmente intrusos y el crédulo pescador del Sena seguía con ansiedad su vistosa pluma flotando entre la espuma de jabón de los lavaderos. Los castaños de espigas blancas, vestidos de tierno verde, vibraban con el zumbido de las abejas. Mariposas de pacotilla hacían gala de sus harapos de invierno entre los heliotropos. Había olor a tierra fresca en el aire, un eco del