como él. ¡Hastings! ¡Hastings era el hombre! Pero cuando se puso una chaqueta de fumador y fue dando un paseo hasta la casa de Hastings, le informaron de que este se había marchado hacía más de una hora.
“¡Ahora bien, a dónde diablos habrá podido ir!”, murmuró Clifford, mirando calle abajo.
La criada no lo sabía, así que le regaló una sonrisa fascinante y volvió perezosamente al estudio.
Hastings no estaba lejos. El Luxemburgo dista cinco minutos a pie de la Rue Notre Dame des Champs, y allí estaba sentado a la sombra de un dios alado, y allí había estado sentado durante una hora, haciendo agujeros en el polvo y observando los escalones que conducen de la terraza norte a la fuente.
El sol pendía, como un globo púrpura, sobre las colinas neblinosas de Meudon. Largas tiras de nubes teñidas de rosa se extendían bajas en el cielo occidental, y la cúpula de los Inválidos, a lo lejos, ardía como un ópalo a través de la bruma.
Detrás del Palacio, el humo de una alta chimenea ascendía recto en el aire, de color púrpura hasta que cruzaba el sol, donde se transformaba en una barra de fuego incandescente. Muy por encima del follaje ensombrecido de los castaños, las torres gemelas de Sulpicio se alzaban, conformando una silueta cada vez más profunda.
Un mirlo somnoliento canturreaba en algún matorral cercano, y las palomas pasaban y repasaban con el susurro de