menos, podía tratarla con un afecto inteligente, y siempre que se cansara de su encanto podría marchar sin salir peor parada por ello. Pues estaba decidido en ese punto, aunque sabía lo difícil que sería. Recordaba el final habitual de las relaciones platónicas y pensaba en lo disgustado que me había sentido cada vez que oía hablar de una. Sabía que estaba emprendiendo una gran tarea para un hombre tan poco escrupuloso como yo, y soñé con el futuro, pero ni por un solo momento dudé de que a mi lado estaba a salvo. Si hubiera sido cualquier otra que no fuera Tessie, no me habría molestado en tener escrúpulos. Pues no se me pasaba por la cabeza sacrificar a Tessie como habría sacrificado a una mujer mundana.
Miré al futuro cara a cara y vi los varios finales probables del asunto.
O bien ella se cansaría de todo aquello, o se pondría tan infeliz que yo me vería obligado a casarme con ella o a marcharme.
Si me casaba con ella, seríamos infelices. Yo, con una esposa inadecuada para mí, y ella, con un marido inadecuado para cualquier mujer. Pues mi vida pasada apenas me daba derecho a casarme.
Si me marchaba, ella podría enfermar, recuperarse y casarse con algún Eddie Burke, o podría, de forma imprudente o deliberada, ir y hacer alguna tontería.
Por otra parte, si se cansaba de mí, entonces tendría toda la vida por delante con hermosas perspectivas de Eddies Burkes, alianzas de boda, mellizos, pisos en Harlem y sabe Dios qué más.
Mientras paseaba entre los árboles junto al Arco de Washington, decidí que, de todos modos, ella encontraría en mí un amigo sólido, y el futuro ya se apañaría por sí solo.