rehusó cualquier otra ayuda y, obsequiando a Hastings con una reverencia condescendiente, puso rumbo con bastante precisión hacia la Rue Vavin.
Hastings lo contempló hasta que lo perdió de vista, y luego desanduvo lentamente sus pasos hacia la fuente. Al principio se sintió sombrío y deprimido, pero poco a poco el aire puro de la mañana le quitó el peso del corazón, y se sentó en el asiento de mármol bajo la sombra del dios alado.
El aire era fresco y dulce con el perfume de los azahares.
Por todas partes las palomas se bañaban, salpicando el agua sobre sus pechos de irisados colores, brillando al entrar y salir del rocío o acurrucándose casi hasta el cuello a lo largo de la pila pulida.
Los gorriones también andaban revoloteando en masa, empapando sus plumas color polvo en el estanque límpido y chirriando con todas sus fuerzas.
Bajo los sicomoros que rodeaban el estanque de los patos frente a la fuente de los Médici, las aves acuáticas ramoneaban la hierba, o marchaban en fila por la orilla para embarcarse en algún solemne y sin rumbo crucero.
Mariposas, algo entumecidas por el reposo de una noche fría bajo las hojas de lila, trepaban una y otra vez por los flox blancos, o emprendían un vuelo reumático hacia algún arbusto calentado por el sol.
Las abejas ya andaban atareadas entre el heliotropo, y una o dos moscas grises de ojos color ladrillo se posaban en un rincón bañado de sol junto al banco de mármol, o se perseguían mutuamente, solo para regresar de nuevo al rayo de sol y frotarse las patas delanteras, jubilosas.
Los centinelas desfilaban con paso ligero ante las garitas pintadas, deteniéndose a veces para mirar hacia la guardia en busca de su relevo.