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nydus/The King in YellowPublic
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I

La absoluta desolación del paisaje empezó a surtir efecto; me senté a afrontar la situación y, de ser posible, a evocar algún punto de referencia que pudiera ayudarme a salir de mi actual posición. Si tan solo pudiera encontrar el océano de nuevo, todo estaría claro, pues sabía que desde los acantilados se podía ver la isla de Groix.

Dejé el fusil en el suelo y, arrodillándome detrás de una roca, encendí una pipa. Luego miré el reloj. Faltaba poco para las cuatro. Desde el amanecer bien podría haberme alejado mucho de Kerselec.

De pie el día anterior en los acantilados bajo Kerselec con Goulven, contemplando los sombríos brezales entre los cuales ahora había perdido el camino, estas colinas me habían parecido llanas como un prado, extendiéndose hasta el horizonte, y aunque sabía cuán engañosa es la distancia, no podía concebir que lo que desde Kerselec parecían ser meras hondonadas de hierba eran grandes valles cubiertos de aulagas y brezo, y lo que parecía rocas dispersas eran en realidad enormes acantilados de granito.

“Es un mal lugar para un extraño —había dicho el viejo Goulven—; más le valdría llevar un guía”; y yo había respondido: “No he de perderme”.

Ahora sabía que me había perdido, sentado allí fumando, con el viento del mar soplando en mi rostro. Por todas partes se extendía el brezal, cubierto de tojo en flor, brezo y bloques de granito. No había un solo árbol a la vista, y mucho menos una casa.

Al cabo de un rato, tomé la escopeta y, dándole la espalda al sol, volví a emprender la marcha.

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