Poco sentido tenía seguir cualquiera de los arroyos turbulentos que de vez en cuando salían a mi paso, pues, en vez de desembocar en el mar, corrían tierra adentro hacia pozas cubiertas de juncos en las hondonadas de los brezales. Había seguido varios, pero todos me condujeron a pantanos o estanques pequeños y silenciosos de los que la agachadiza se alzaba piando y huía en un éxtasis de espanto.
Empecé a sentir fatiga, y la escopeta me rozaba el hombro a pesar de las dobles almohadillas. El sol descendía cada vez más, brillando de manera rasante sobre el toxo amarillo y las pozas del brezal.
Mientras caminaba, mi propia sombra gigantesca me guiaba, pareciendo alargarse a cada paso.
- El árgoma me rozaba las polainas, crujiría bajo mis pies, cubriendo la tierra morena de flores, y el helechal se inclinaba y ondulaba a lo largo de mi senda.
- Desde los matojos de brezo los conejos huían corriendo entre los helechos, y entre la hierba del pantano oí el graznido adormilado del pato silvestre.
Una vez un zorro cruzó sigiloso mi camino, y otra vez, al agacharme a beber en un arroyuelo apresurado, una garza alzó el vuelo pesadamente desde los juncos a mi lado.
Me volví para mirar el sol. Parecía tocar los bordes de la llanura. Cuando por fin decidí que era inútil seguir adelante, y que debía hacerme a la idea de pasar al menos una noche en los páramos, me dejé caer por completo agotado. La luz del sol vespertina se inclinaba cálida sobre mi cuerpo, pero los vientos marinos empezaron a levantarse y sentí un escalofrío que me atravesaba desde mis botas de caza mojadas.