“Ya no me importa la pesca”, respondí, sin el menor rastro de fastidio en la voz.
“Antes te gustaba todo —continuó—: el atletismo, la navegación a vela, la caza, la equitación…”
—Nunca me ha importado montar desde mi caída —dije en voz baja.
—Ah, sí, tu caída —repitió, apartando la mirada de mí.
Pensé que esta tontería había llegado demasiado lejos, así que traje de nuevo la conversación hacia el señor Wilde; pero él estaba escrutando mi rostro de nuevo de una manera sumamente ofensiva para mí.
—Señor Wilde —repitió—, ¿sabe lo que hizo esta tarde? Bajó y clavó un cartel sobre la puerta del vestíbulo al lado de la mía; decía:
Mr. Wilde, Reparador de Reputaciones. Tercer Timbre.
—¿Sabe usted lo que puede llegar a ser un Reparador de Reputaciones?
—Sí —repliqué, reprimiendo la furia en mi interior.
—Oh —dijo de nuevo.
Louis y Constance pasaron paseando y se detuvieron a preguntar si queríamos acompañarlos. Hawberk miró su reloj.
En el mismo instante, una bocanada de humo salió disparada de las casamatas de Castle William, y el estampido del cañón del ocaso rodó sobre el agua y fue devuelto en eco por lasTierras Altas de enfrente. La bandera descendió velozmente por el asta, los clarines sonaron en las cubiertas blancas de los barcos de guerra y la primera luz eléctrica brilló en la costa de Jersey.