—Cincuenta francos, señorita.
El tono del jardinero era grave. Rue sintió que discutir con él sería una pérdida de tiempo. Ambos se quedaron en silencio por un momento. El jardinero no elogió su tesoro —el rosal era espléndido y cualquiera podía verlo—.
—Me llevaré los pensamientos —dijo la muchacha, y sacó dos francos de un monedero gastado.
Luego alzó la vista. Una lágrima asomaba refractando la luz como un diamante, pero al rodar hacia un pequeño rincón junto a su nariz, una visión de Selby la reemplazó, y cuando un toque de pañuelo despejó los asustados ojos azules, apareció el propio Selby, de lo más desconcertado.
Inmediatamente miró al cielo, al parecer devorado por una sed de investigación astronómica, y como continuó sus pesquisas durante casi cinco minutos, el jardinero también miró hacia arriba, y lo mismo hizo un policía.
Luego Selby miró la punta de sus botas, el jardinero lo miró a él y el policía siguió su camino con desgana. Rue Barrée se había marchado hacía un rato.
—¿Qué —dijo el jardinero— puedo ofrecerle a Monsieur?
Selby never knew why, but he suddenly began to buy flowers.
The gardener was electrified. Never before had he sold so many flowers, never at such satisfying prices, and never, never with such absolute unanimity of opinion with a customer.
But he missed the bargaining, the arguing, the calling of Heaven to witness. The transaction lacked spice.