La calle no está de moda, ni tampoco es andrajosa. Es una paria entre las calles—una calle sin Barrio. Se suele entender que se halla fuera de los límites de la aristocrática Avenida de l’Observatoire. Los estudiantes del barrio de Montparnasse la consideran pretenciosa y no quieren saber nada de ella. El Barrio Latino, desde el Luxemburgo, su frontera septentrional, se mofa de su respetabilidad y mira con desaprobación a los estudiantes correctamente ataviados que la frecuentan. Pocos forasteros se adentran en ella. A veces, sin embargo, los estudiantes del Barrio Latino la utilizan como vía de paso entre la Rue de Rennes y el Bullier, pero a excepción de eso y de las visitas vespertinas semanales de padres y tutores al Convento cercano a la Rue Vavin, la calle de Nuestra Señora de los Campos es tan tranquila como un bulevar de Passy. Quizá la parte más respetable se encuentra entre la Rue de la Grande Chaumière y la Rue Vavin, al menos a esta conclusión llegó el reverendo Joel Byram mientras deambulaba por ella con Hastings a su cargo. Para Hastings, la calle lucía agradable bajo el radiante clima de junio, y había empezado a abrigar esperanzas de que fuera elegida cuando el reverendo Byram se apartó violentamente de la cruz del Convento de en frente.
«Jesuitas», murmuró.
—Bueno —dijo Hastings con cansancio—, supongo que no encontraremos nada mejor. Usted mismo dice que el vicio triunfa en París, y a mí me parece que en cada calle encontramos jesuitas o algo peor.
Después de un momento repitió: «O algo peor, lo cual por supuesto no notaría de no ser por su amabilidad al advertirme».
El Dr. Byram apretó los labios y miró a su alrededor. Le impresionaba la evidente respetabilidad del entorno. Luego, frunciendo el ceño hacia el