“Oh, tú que abrigas fuego en el pecho por los que arden en el Infierno, cuyos fuegos tú mismo avivarás a tu vez; ¿hasta cuándo estarás clamando: «Apiádate de ellos», Dios! ¡Vaya!, ¿quién eres tú para enseñar y Él para aprender?”
En la iglesia de San Bernabé habían terminado las vísperas; el clero abandonó el altar; los monaguillos cruzaron en desbandada el presbiterio y se instalaron en la sillería. Un suizo con uniforme lujoso marchaba por la nave lateral sur, haciendo resonar su bastón en el pavimento de piedra cada cuatro pasos; detrás de él venía aquel elocuente predicador y buen hombre, Monseñor C⸺.
Mi silla estaba cerca de la barandilla del presbiterio; ahora me volví hacia el extremo oeste de la iglesia. Las demás personas situadas entre el altar y el púlpito se volvieron también.
Hubo un ligero raspar y crujir mientras la congregación volvía a sentarse; el predicador subió los peldaños del púlpito y el preludio del órgano cesó.
Siempre había encontrado que la interpretación del órgano en St. Barnabé era sumamente interesante. Erudita y científica también, demasiado para mis escasos conocimientos, pero expresando una inteligencia vívida aunque fría. Además, poseía la cualidad francesa del gusto: el gusto reinaba supremo, autocontrolado, digno y reticente.
Hoy, sin embargo, desde el primer acorde había sentido un cambio a peor, un cambio siniestro. Durante las vísperas había sido principalmente el órgano del presbiterio el que había sostenido al hermoso coro, pero de vez en cuando, de