Al cabo de un rato volvió a hablar:
«Hablemos de cetrería».
—Comienza —respondí—; hemos atrapado al halcón.
Entonces Jeanne d’Ys tomó mi mano entre las suyas y me contó cómo, con infinita paciencia, se enseñaba al joven halcón a posarse en la muñeca, cómo poco a poco se acostumbraba a las pihuelas con cascabeles y a la caperuza.
—Primero deben tener buen apetito —dijo ella—; después, poco a poco, reduzco su alimento, lo que en cetrería llamamos pât. Cuando, tras muchas noches pasadas au bloc como están estos pájaros ahora, convenzo al hagard de que se esté quieto en el puño, entonces el pájaro está listo para que se le enseñe a venir por su comida. Fijo el pât al extremo de una correa, o leurre, y le enseño al pájaro a venir hacia mí tan pronto como empiezo a hacer girar el cordón en círculos alrededor de mi cabeza. Al principio suelto el pât cuando viene el halcón, y este se come la comida en el suelo. Al poco tiempo aprenderá a atrapar el leurre en movimiento mientras lo hago girar alrededor de mi cabeza o lo arrastro por el suelo. Después de esto es fácil enseñarle al halcón a golpear la caza, recordando siempre «faire courtoisie á l’oiseau», es decir, permitir que el ave pruebe la presa.
Un chillido de uno de los halcones la interrumpió, y se levantó para ajustar la cuerda que se había enredado alrededor del tajo, pero el pájaro seguía batiendo las alas y chillando.
—¿Qué pasa? —dijo ella—. Philip, ¿puedes ver?
Miré a mi alrededor y al principio no vi nada que causara la conmoción, que ahora aumentaba con los gritos y el batir de alas de todas las aves. Entonces mi mirada se posó en la roca plana junto al arroyo de la que se había levantado la muchacha. Una serpiente gris se desplazaba