“Oh —murmuró—, es duro, es duro trabajar siempre, siempre sola, sin tener jamás un amigo a quien puedas respetar, y el amor que se ofrece significa las calles, el bulevar, cuando la pasión ha muerto. Lo sé, nosotras lo sabemos, nosotras las otras, que no tenemos nada, que no tenemos a nadie, y que nos entregamos sin vacilar cuando amamos; sí, sin vacilar, en cuerpo y alma, conociendo el final”.
Se tocó la rosa en el pecho. Por un momento pareció olvidarse de él, luego, en voz baja: «Se lo agradezco, estoy muy agradecida». Abrió el libro y, arrancando un pétalo de la rosa, lo dejó caer entre las hojas. Luego, levantando la vista, dijo con suavidad: «No puedo aceptar».