Las campanas de San Sulpicio dieron la hora, y el Palacio de Luxemburgo respondió campanada tras campanada. Con una mirada al sol, que se hundía lentamente en el polvo dorado detrás del Palacio Borbón, se levantaron y, girando hacia el este, cruzaron el Bulevar Saint-Germain y caminaron sin prisa hacia la Escuela de Medicina.
En la esquina pasó junto a ellos una muchacha, caminando a toda prisa. Clifford sonrió con suficiencia, Elliott y Rowden se sintieron agitados, pero todos hicieron una reverencia y, sin levantar los ojos, ella devolvió el saludo.
Pero Selby, que se había quedado atrás, fascinado por algún alegre escaparate, levantó la vista para encontrarse con dos de los ojos más azules que jamás había visto. Los ojos bajaron en un instante, y el joven se apresuró a alcanzar a los demás.
—¡Por Júpiter —dijo—, saben muchachos que acabo de ver a la chica más bonita...?
Un grito brotó del trío, sombrío, presagio de desgracia, como el coro de una tragedia griega.
“¡Rue Barrée!”
—¡Cómo! —exclamó Selby, desconcertado.
La única respuesta fue un gesto vago de Clifford.
Dos horas más tarde, durante la cena, Clifford se volvió hacia Selby y le dijo: «Quieres preguntarme algo; me doy cuenta por cómo te estás moviendo».
—Sí, así es —dijo con toda inocencia—; se trata de esa muchacha. ¿Quién es?
En la sonrisa de Rowden había lástima; en la de Elliott, amargura.