—¡Por Júpiter! —prorrumpió—, ¿qué quieres decir con que soy bueno contigo? ¡Esa es al menos la tercera vez, y no lo entiendo!
El sonido de un tambor en la guardia del palacio lo interrumpió.
«Escucha —susurró ella—, van a cerrar. ¡Es tarde, ay, muy tarde!».
El redoble del tambor se acercaba cada vez más, y luego la silueta del tamborilero recortó el cielo sobre la terraza oriental. La luz moribunda se detuvo un momento en su cinturón y su bayoneta, después se adentró en las sombras, despertando los ecos a redobles. El redoble se fue desvaneciendo a lo largo de la terraza oriental, para luego crecer y crecer y repiquetear con creciente agudeza al pasar junto a la avenida del león de bronce y tomar el sendero de la terraza occidental. Cada vez más fuerte sonaba el tambor, y los ecos devolvían las notas desde el gris muro del palacio; y ahora el tamborilero emergió ante ellos: sus pantalones rojos eran una mancha opaca en la penumbra creciente, el latón de su tambor y de su bayoneta brillaban con una chispa pálida, sus hombreras se mecían sobre sus hombros. Pasó dejando el estruendo del tambor en sus oídos, y muy adentro del callejón de los árboles vieron su pequeña taza de hojalata brillando en su mochila. Entonces los centinelas comenzaron el grito monótono: «On ferme! on ferme!», y sonó el clarín desde el cuartel de la Rue de Tournon.