razón principal de existir consistía en cumplir con algún requisito de Boris y Geneviève. Cuál era esta obligación, su naturaleza, nunca estuvo clara; a veces parecía ser protección, a veces apoyo, durante una gran crisis. Fuera lo que fuese que pareciera ser en cada momento, su peso recaía solo sobre mí, y nunca estuve tan enfermo ni tan débil como para no responder con toda mi alma.
Siempre había multitudes de rostros a mi alrededor, la mayoría extraños, pero algunos los reconocía, Boris entre ellos. Después me dijeron que esto no podía ser, pero sé que al menos una vez se inclinó sobre mí. Fue solo un roce, un débil eco de su voz, luego las nubes volvieron a instalarse en mis sentidos y lo perdí, pero él estuvo allí de pie e se inclinó sobre mí al menos una vez.
Por fin, una mañana me desperté para ver la luz del sol cayendo sobre mi cama y a Jack Scott leyendo a mi lado. No tenía fuerzas suficientes para hablar en voz alta, ni tampoco podía pensar, mucho menos recordar, pero pude sonreír débilmente cuando la mirada de Jack se encontró con la mía, y cuando él se levantó de un salto y preguntó con ansiedad si quería algo, pude susurrar: «Sí—Boris». Jack se movió hacia la cabecera de mi cama y se inclinó para acomodar mi almohada: no le vi el rostro, pero respondió con entusiasmo: «Tienes que esperar, Alec; estás demasiado débil para ver aun a Boris».
Esperé y me hice fuerte; en pocos días pude ver a quien quise, pero entretanto había pensado y recordado. Desde el momento en que todo el pasado volvió a aclararse en mi mente, nunca dudé de lo que debía hacer cuando llegara el momento, y tuve la certeza de que Boris habría decidido el mismo rumbo en lo que a él respectaba; en cuanto a lo que me atañía solo a mí, sabía que él también lo vería como yo.