West lo agarró del cuello en un segundo y, empujándolo contra la pared ciega, lo sacudió con saña.
—Ahora escúchame bien —murmuró, a través de sus dientes apretados—. ¡Ya eres un sospechoso y —lo juro— creo que eres un espía pagado! No es mi asunto detectar a semejante alimaña, y no tengo intención de denunciarte, ¡pero entiende esto! A Colette no le agradas y yo no te soporto, y si vuelvo a pillarte en esta calle te haré las cosas un tanto desagradables. ¡Largo de aquí, lustroso prusiano!
Hartman se había arreglado para sacar un cuchillo del bolsillo, pero West se lo arrancó y lo arrojó a la alcantarilla. Un pilluelo que había presenciado esto prorrumpió en una carcajada, que resonó ásperamente en la calle silenciosa. Luego, por todas partes se abrieron ventanas y aparecieron hileras de rostros demacrados exigiendo saber por qué la gente reía en la ciudad hambrienta.
—¿Es una victoria? —murmuró uno.
—Mira eso —gritó West mientras Hartman se levantaba del pavimento—, ¡mira! ¡miserable! ¡mira esas caras!
Pero Hartman le dirigió una mirada que jamás olvidó y se alejó sin decir una palabra.
Trent, que apareció de repente en la esquina, miró con curiosidad a West, quien simplemente asintió hacia su puerta diciendo: «Entra; Fallowby está arriba».
—¿Qué estás haciendo con ese cuchillo? —exigió Fallowby, mientras él y Trent entraban al estudio.
West miró su mano herida,