“Sí. No para mí”.
«¿Para mí, entonces?», pregunté con alegría.
“Para ti —murmuró con una voz casi inaudible—. Yo... me importas”.
Al principio empecé a reír, pero cuando la comprendí, una sacudida me recorrió y me quedé sentado como si me hubiera vuelto de piedra. Esta era la cumbre de la idiotez que había cometido.
Durante el momento que transcurrió entre su réplica y mi respuesta, pensé en mil contestaciones a aquella inocente confesión. Podía pasar por alto el asunto con una risa, podía malinterpretarla y asegurarle que gozaba de buena salud, podía simplemente señalarle que era imposible que me amara.
Pero mi respuesta fue más rápida que mis pensamientos, y ahora podía pensar y pensar cuando ya era demasiado tarde, pues la había besado en la boca.
Aquella tarde di mi acostumbrado paseo por Washington Park, meditando sobre los acontecimientos del día.
Estaba plenamente comprometido. Ya no había marcha atrás, y miré al futuro cara a cara. No era bueno, ni siquiera escrupuloso, pero no tenía intención de engañar ni a Tessie ni a mí mismo.
La única pasión de mi vida yacía sepultada en los bosques bañados por el sol de Bretaña. ¿Estaba sepultada para siempre? La esperanza gritaba: «¡No!».
Durante tres años había estado escuchando la voz de la esperanza, y durante tres años había esperado unos pasos en mi umbral. ¿Había olvidado Sylvia? «¡No!», gritaba la esperanza.