Sobre el césped había diseminados quince o veinte troncos de árboles —parcialmente incrustados en la hierba— y sobre todos ellos, excepto en dos, había halcones sentados. Estaban atados a los troncos mediante correas que a su vez se sujetaban con remaches de acero a sus patas, justo por encima de las garras. Un pequeño arroyo de agua de manantial pura fluía en un curso serpenteante a una distancia prudencial de cada percha.
Los pájaros armaron un gran alboroto cuando apareció la muchacha, pero ella fue de uno a otro, acariciando a unos, tomando a otros por un instante en su muñeca, o agachándose para ajustarles las pihuelas.
“¿No son bonitas?”, dijo.
“Mira, aquí tienes un halcón gentil. Lo llamamos ‘ignoble’, porque persigue a la presa en vuelo directo.
Este es un halcón azul. En cetrería lo llamamos ‘noble’ porque se eleva por encima de la presa y, dando un rodeo, se precipita sobre ella desde arriba.
Esta ave blanca es un gerifalte del norte. ¡También es ‘noble’!
Aquí tienes un esmerejón, y este torzuelo es un halconero”.
Le pregunté cómo había aprendido el viejo idioma de la cetrería. No lo recordaba, pero creía que debió de habérselo enseñado su padre cuando era muy pequeña.
Luego me llevó y me enseñó los halcones jóvenes que aún estaban en el nido. «En cetrería se les llama niais —explicó—. Un branchier es el pájaro joven que apenas puede dejar el nido y saltar de rama en rama. A un ave joven que aún no ha mudado se le llama sors, y un mué es un halcón que ha mudado en cautividad. Cuando atrapamos un halcón silvestre que ya ha cambiado su plumaje, lo denominamos hagard. Raoul fue el primero que me enseñó a adiestrar un halcón. ¿Quieres que te enseñe cómo se hace?».