que había cometido al principio. Cuando me recogieron del pavimento donde yacía inconsciente, y alguien había apiadado a mi caballo metiéndole una bala en la cabeza, me llevaron con el doctor Archer, y él, al declarar que mi cerebro estaba afectado, me recluyó en su sanatorio privado, donde tuve que soportar un tratamiento por locura. Por fin decidió que estaba curado, y yo, sabiendo que mi mente siempre había estado tan sana como la suya, si no más, «pagué mi matrícula», como él lo llamó en broma, y me fui. Le dije, sonriendo, que me las pagaría por su error, y él se rio de buena gana y me pidió que lo visitara de vez en cuando. Lo hice, esperando la oportunidad de saldar cuentas, pero no me dio ninguna, y le dije que esperaría.
La caída de mi caballo no había tenido por fortuna consecuencias nefastas; al contrario, había cambiado todo mi carácter para mejor. De joven holgazán de la alta sociedad, me había vuelto activo, enérgico, sobrio y, sobre todo—oh, sobre todo lo demás—, ambicioso. Solo había una cosa que me turbaba; me reía de mi propia zozobra, y sin embargo me turbaba.
Durante mi convalecencia había comprado y leído por primera vez El rey de amarillo. Recuerdo que, tras terminar el primer acto, se me ocurrió que más me valdría parar. Me incorporé de un salto y arrojé el libro a la chimenea; el volumen golpeó contra la rejilla y cayó abierto sobre el hogar, a la luz del fuego. Si no hubiera alcanzado a vislumbrar las palabras iniciales del segundo acto, jamás lo habría terminado, pero al agacharme para recogerlo, mis ojos se quedaron clavados en la página abierta y, con un grito de terror —o tal vez de una alegría tan desgarradora que sufría en cada fibra de mis nervios—, arranqué el objeto de entre las brasas y me arrastré temblando hasta mi dormitorio, donde lo leí y lo rereleí, y lloré, reí y temblé con un horror que a veces todavía me asalta.