ala norte y subió por las escaleras carcomidas, hasta llegar a una puerta cerrada. Tras haber estado llamando un buen rato, algo se movió detrás de la puerta; esta se abrió y entró.
La habitación estaba a oscuras.
Al cruzar el umbral, el gato saltó de sus brazos hacia las sombras.
Escuchó pero no oyó nada.
El silencio era opresivo y encendió una cerilla.
A su codo había una mesa y sobre la mesa una vela en un candelabro dorado.
Esta encendió, y luego miró a su alrededor.
La estancia era vasta, los cortinajes pesados de bordados.
Sobre la chimenea se alzaba una repisa esculpida, gris con las cenizas de fuegos muertos.
En un hueco junto a las ventanas de profundos alféizares se erguía una cama, de la cual la ropa de cama, suave y fina como el encaje, arrastraba por el suelo bruñido.
Él levantó la vela por encima de su cabeza.
Un pañuelo yacía a sus pies. Estaba tenuemente perfumado.
Se volvió hacia las ventanas. Delante de ellas había un canapé y sobre este yacían arrojados, en desorden, un vestido de seda, un montón de prendas semejantes a encajes, blancas y delicadas como mallas de araña, guantes largos y arrugados, y, en el suelo de abajo, las medias, los pequeños