Entré en un campo de flores, cuyos pétalos son más blancos que la nieve y cuyos corazones son de oro puro.
A lo lejos una mujer gritó: «¡He matado al hombre que amaba!», y de una jarra vertió sangre sobre las flores cuyos pétalos son más blancos que la nieve y cuyos corazones son de oro puro.
Lejos y de buena gana le seguí, y en la tinaja leí mil nombres, mientras desde su interior la sangre fresca bullía hasta el borde.
—¡He matado al que amaba! —gritó—. El mundo tiene sed; ¡que beba ahora!
Ella pasó, y a lo lejos la vi verter sangre sobre las flores cuyos pétalos son más blancos que la nieve y cuyos corazones son de oro puro.