Hastings pensaba en Valentine. Eran las dos cuando Elliott regresó tranquilamente y, admitiendo con franqueza que se había escapado de Rowden, se sentó al lado de Colette y se dispuso a dormitar con satisfacción.
—¿Dónde están tus truchas? —dijo Colette con severidad.
—Aún viven —murmuró Elliott, y se durmió profundamente.
Rowden regresó poco después y, lanzando una mirada despectiva al durmiente, mostró tres truchas salpicadas de carmesí.
—Y eso —sonrió Hastings con desgana—, eso es el fin sagrado hacia el que caminan fatigosamente los fieles: la matanza de estos pececillos con un trozo de seda y pluma.
Rowden se desentendió de responderle. Colette pescó otro gobio y despertó a Elliott, quien protestó y miró a su alrededor en busca de las cestas de la merienda, mientras Clifford y Cécile se acercaban exigiendo un refrigerio inmediato.
Las faldas de Cécile estaban empapadas y sus guantes rotos, pero era feliz, y Clifford, sacando a arrastras una trucha de dos libras, se quedó quieto para recibir los aplausos del grupo.
—¿De dónde diantres has sacado eso? —inquirió Elliott.
Cécile, mojada y entusiasta, relató la batalla, y luego Clifford elogió sus habilidades con la mosca y, como prueba, sacó de su capacho un cacho difunto que, según comentó, por poco había sido una trucha.
Todos estaban muy felices en el almuerzo, y a Hastings lo declararon «encantador». Lo disfrutó muchísimo; solo que por momentos le parecía que el flirteo iba más lejos en Francia que en Millbrook, Connecticut, y pensaba que Cécile podría ser un poco menos entusiasta