La habitación ya estaba a oscuras. Los altos tejados de enfrente cortaban lo poco que quedaba de la luz diurna de diciembre.
La muchacha acercó su silla a la ventana y, eligiendo una aguja grande, la enhebró, haciendo un nudo con el hilo sobre sus dedos. Luego alisó la ropita de bebé sobre sus rodillas y, agachándose, cortó el hilo con los dientes y sacó la aguja más pequeña del lugar donde reposaba en el dobladillo.
Cuando hubo sacudido los hilos sueltos y los trozos de encaje, volvió a colocarla cariñosamente sobre sus rodillas. Después se sacó la aguja enhebrada del corsé y la pasó a través de un botón, pero mientras el botón giraba bajando por el hilo, su mano vaciló, el hilo se rompió y el botón rodó por el suelo.
Alzó la cabeza. Sus ojos quedaron fijos en una franja de luz menguante sobre las chimeneas. Desde algún lugar de la ciudad llegaban sonidos como el distante batir de tambores y, más allá, muy más allá, un murmullo vago que ahora crecía, se hinchaba, retumbaba a lo distancia como el romper de la resaca sobre las rocas, y luego, como la resaca otra vez, retrocedía, gruñía, amenazaba.
El frío se había vuelto intenso, un frío amargo y penetrante que estiraba y crujía en vigas y maderos y convertía el aguanieve de ayer en pedernal. Desde la calle de abajo cada sonido estallaba agudo y metálico: el repiquetear de los zuecos, el traqueteo de las contraventanas o el escaso sonido de una voz humana.
El aire era pesado, cargado con el frío negro como con un sayal. Respirar era doloroso, moverse, un esfuerzo.