Subí los tres tramos de escaleras dilapidadas, que tantas veces antes había subido, y llamé a una pequeña puerta al final del pasillo. El señor Wilde abrió la puerta y entré.
Cuando hubo echado la doble vuelta a la llave y empujado un pesado baúl contra la puerta, vino a sentarse a mi lado, mirándome fijamente a la cara con sus ojillos claros.
Media docena de arañazos nuevos le cubrían la nariz y las mejillas, y los alambres de plata que sostenían sus orejas postizas se habían descolocado. Pensé que nunca lo había visto tan espantosamente fascinante.
No tenía orejas. Las postizas, que ahora sobresalían en ángulo desde el fino alambre, eran su única debilidad. Estaban hechas de cera y pintadas de un rosa nacarado, pero el resto de su cara era amarilla. Habría hecho mejor en disfrutar del lujo de unos dedos postizos para su mano izquierda, que carecía absolutamente de dedos, pero aquello parecía no causarle ninguna incomodidad, y se conformaba con sus orejas de cera.
Era muy pequeño, apenas más alto que un niño de diez años, pero sus brazos estaban magníficamente desarrollados y sus muslos eran tan gruesos como los de cualquier atleta.
Aun así, lo más notable del señor Wilde era que un hombre de su maravillosa inteligencia y erudición tuviera semejante cabeza. Era chata y puntiaguda, como las cabezas de muchos de esos desafortunados a los que la gente encierra en asilos para débiles mentales. Muchos lo tildaban de demente, pero yo sabía que estaba tan cuerdo como yo.
No niego que era excéntrico; la manía que tenía de conservar ese gato y hostigarlo hasta que se le abalanzaba a la cara como un demonio, era sin