El lunes por la mañana en lo de Julian, los estudiantes se peleaban por los sitios; los alumnos con derechos adquiridos ahuyentaban a otros que habían estado ocupando con ansiedad unos codiciados taburetes desde que se abrió la puerta con la esperanza de apropiarse de ellos al pasar lista; los estudiantes reñían por paletas, pinceles, carpetas, o llenaban el aire con demandas de Ciceri y pan.
El primero, un modelo sucio y expuesto que en épocas más prósperas había posado como Judas, despachaba ahora pan duro a un sou y ganaba lo suficiente para mantenerse provisto de cigarrillos.
Monsieur Julian entró, sonrió con sonrisa paternal y salió. Su desaparición fue seguida por la aparición del empleado, una criatura astuta que revoloteaba entre las hordas en combate en busca de presa.
Tres hombres que no habían pagado las cuotas fueron descubiertos y citados. Un cuarto fue rastreado, perseguido, flanqueado, cortada su retirada hacia la puerta, y finalmente capturado detrás de la estufa.
Por entonces, al adoptar la revolución una forma aguda, se alzaron alaridos pidiendo a «¡Jules!».
Jules llegó, arbitró dos peleas con una triste resignación en sus grandes ojos castaños, estrechó la mano de todos y se desvaneció entre la multitud, dejando un ambiente de paz y buena voluntad.
Los leones se sentaron con los corderos, los massiers marcaron los mejores lugares para sí mismos y para sus amigos y, subiéndose a las tarimas de los modelos, abrieron las listas de asistencia.
Corrió la voz: «Esta semana empiezan con la C».