El cañonazo parecía acercarse.
Un oficial de estado mayor, que pasaba al trote lento junto al batallón de arriba abajo, se desplomó de repente sobre la silla y se aferró a las crines de su caballo. Una de sus botas colgaba del estribo, carmesí y goteante.
Luego, de entre la bruma del frente, comenzaron a correr hombres. Los caminos, los campos, las zanjas estaban llenos de ellos, y muchos caían.
Por un instante creyó ver jinetes cabalgando como fantasmas en los vapores de más allá, y un hombre a sus espaldas maldijo horriblemente, declarando que él también los había visto y que eran ulanos; pero el batallón permaneció inactivo, y la niebla volvió a caer sobre los prados.
El coronel se sentó pesadamente sobre su caballo, con la cabeza en forma de bala enterrada en el cuello de astracán de su dolmán, y sus gordas piernas estiradas rígidamente en los estribos.
Los cornetas se agruparon en torno a él con las cornetas en alto, y detrás de él un oficial de estado mayor con casaca azul claro fumaba un cigarrillo y charlaba con un capitán de húsares.
Del camino de en frente llegó el sonido de un galope furioso y un orderly se detuvo de golpe junto al coronel, quien le indicó la retaguardia sin girar la cabeza.
Entonces a la izquierda se alzó un murmullo confuso que terminó en un grito. Un húsar pasó como el viento, seguido por otro y otro, y luego escuadrón tras escuadrón pasó remolineando junto a ellos hacia las brumas en forma de sábanas.
En aquel instante el coronel se irguió en la silla de montar, las cornetas resonaron y todo el batallón trepó por el terraplén, cruzó la zanja y se lanzó a través del prado empapado.