noche corría los más graves peligros. Reunió a todos sus partidarios, les dijo que aquella noche la amenazaba en la función un complot organizado por Christine Daaé y declaró que debían jugarle una mala pasada a esa niñata llenando la sala con los admiradores de ella, de Carlotta. No le faltaban, ¿verdad? Confiaba en que estuvieran preparados para cualquier eventualidad y silenciaran a los adversarios, si, como temía, armaban un alboroto.
El secretario particular de M. Richard llamó para interesarse por la salud de la diva y se retiró con la seguridad de que se encontraba perfectamente bien y de que, «aunque se estuviera muriendo», cantaría el papel de Margarita esa misma noche.
El secretario le suplicó, en nombre de su jefe, que no cometiera ninguna imprudencia, que se quedara en casa todo el día y que se cuidara de las corrientes de aire; y Carlotta no pudo evitar, tras su marcha, comparar este inusual e inesperado consejo con las amenazas contenidas en la carta.
Eran las cinco cuando el correo trajo una segunda carta anónima con la misma letra que la primera. Era breve y decía simplemente:
Tienes un catarro fuerte. Si eres prudente, verás que es una locura intentar cantar esta noche.
Carlotta sonrió con desdén, encogió sus hermosos hombros y entonó dos o tres notas para tranquilizarse.
Sus amigos fueron fieles a su promesa. Estaban todos en la Ópera aquella