al piano. Dijo: —Verá, Christine, hay cierta música que es tan terrible que consume a todos los que se acercan a ella. Afortunadamente, usted aún no ha llegado a esa música, pues perdería toda su bonita coloración y nadie la reconocería cuando regresara a París. Cantemos algo de la Ópera, Christine Daaé”. Pronunció estas últimas palabras como si me lanzara un insulto.
«¿Qué hiciste?»
“No tuve tiempo de pensar en el sentido que dio a sus palabras. En seguida empezamos el dúo de Otelo y la catástrofe ya se nos vino encima. Canté a Desdémona con una desesperación, un terror que nunca antes había mostrado. En cuanto a él, su voz tronaba con su alma vengativa en cada nota. El amor, los celos, el odio brotaban a nuestro alrededor en gritos desgarradores. La máscara negra de Erik me hizo pensar en la máscara natural del Moro de Venecia. Él era el propio Otelo. De repente, sentí la necesidad de ver bajo la máscara. Quería conocer el rostro de la voz y, con un movimiento que me fue totalmente imposible controlar, mis dedos arrancaron velozmente la máscara. ¡Oh, horror, horror, horror!”.
Christine se detuvo, al pensar en la aparición que la había asustado, mientras los ecos de la noche, que habían repetido el nombre de Erik, lanzaron ahora por tercera vez un gemido:
“¡Horror! … ¡Horror! … ¡Horror!”
Raoul y Christine, estrechándose fuertemente el uno al otro, levantaron los ojos hacia las estrellas que brillaban en un cielo claro y apacible. Raoul dijo:
“Extraño, Christine, que esta noche serena y suave esté tan llena de sonidos quejosos. Diríase que se conduele con nosotros”.