persona muerta. Las paredes estaban todas enteladas de negro, pero, en lugar de los adornos blancos que suelen realzar esa tapicería fúnebre, había un enorme pentagrama con las notas del Dies Irae, repetidas muchas veces. En el medio de la habitación había un dosel, del que colgaban cortinas de brocado rojo, y, bajo el dosel, un ataúd abierto. —Ahí es donde duermo —dijo Erik—. Uno tiene que acostumbrarse a todo en la vida, incluso a la eternidad. La visión me alteró tanto que desvié la cabeza.
“Luego vi el teclado de un órgano que ocupaba una pared entera. Sobre el atril había un libro de música cubierto de notas rojas. Pedí permiso para mirarlo y leí: Don Juan Triunfante. —Sí —dijo—, a veces compongo. Comencé esa obra hace veinte años. Cuando la haya terminado, me la llevaré conmigo en ese ataúd y no volveré a despertar jamás. —Debe de trabajar en ella lo menos posible —le dije. Él respondió: —A veces trabajo en ella durante catorce días y noches seguidas, tiempo durante el cual me alimento únicamente de música, y luego descanso durante años enteros. —¿Me tocará algo de su Don Juan Triunfante? —le pregunté, pensando en complacerle. —Nunca debe pedirme eso —dijo con voz sombría—. Le tocaré a Mozart, si quiere, lo cual solo hará que usted llore; pero mi Don Juan, Christine, arde; y sin embargo, no le alcanza el fuego del Cielo. Acto seguido regresamos al salón. Noté que no había ningún espejo en todo el apartamento. Iba a hacer un comentario al respecto, pero Erik ya se había sentado