decir, más agitados de lo que nadie debiera estar ante el anuncio del suicidio de un jefe de tramoya. Se miraron el uno al otro. Ambos se habían puesto más pálidos que el mantel. Por fin, Debienne hizo una seña a los señores Richard y Moncharmin; Poligny masculló unas pocas palabras de disculpa a los invitados; y los cuatro se fueron al despacho de la dirección. Dejo que el señor Moncharmin complete el relato. En sus Memorias, dice:
MM. Debienne y Poligny parecían cada vez más agitados, y daban la impresión de tener algo muy difícil que decirnos. Primero nos preguntaron si conocíamos al hombre sentado al final de la mesa, que les había anunciado la muerte de Joseph Buquet; y, cuando respondimos negativamente, se mostraron aún más preocupados. Tomaron las llaves maestras de nuestras manos, las miraron fijamente un momento y nos aconsejaron hacer copias de cerraduras nuevas, con el máximo secreto, para las habitaciones, armarios y roperos que quisiéramos cerrar herméticamente. Dijeron esto de un modo tan gracioso que empezamos a reír y a preguntar si había ladrones en la Ópera. Respondieron que había algo peor, que era el fantasma. Volvimos a reír, seguros de que se entregaban a alguna broma destinada a coronar nuestra pequeña recepción. Entonces, a petición suya, nos pusimos «serios», con el propósito de complacerlos y entrar en el espíritu del juego. Nos dijeron que jamás nos habrían hablado del fantasma si no hubiesen recibido órdenes formales del propio fantasma de rogarnos que fuéramos amables con él y que atendiéramos cualquier solicitud que pudiera hacer. Sin embargo, en su alivio por abandonar un dominio donde imperaba aquella sombra tiránica, habían dudado hasta el último momento en contarnos esta curiosa historia, que nuestras mentes escépticas