dientes! Y, sin embargo, el asunto había ocurrido con la mayor sencillez posible.
Una mañana, los directores encontraron sobre su mesa un sobre dirigido a «Monsieur O. G. (privado)» y acompañado por una nota del propio O. G.:
Ha llegado el momento de cumplir la cláusula del carné. Por favor, ponga veinte billetes de mil francos cada uno en este sobre, séllelo con su propio sello y entrégueselo a la señora Giry, que hará lo necesario.
Los directores no dudaron; sin perder tiempo en preguntar cómo esos malditos comunicados habían llegado a una oficina que se cuidaban mucho de mantener cerrada, aprovecharon la oportunidad de echarle mano al misterioso chantajista.
Y, tras contarle toda la historia, bajo promesa de secreto, a Gabriel y a Mercier, metieron los veinte mil francos en el sobre y, sin pedir explicaciones, se lo entregaron a Mme. Giry, quien había sido reintegrada en sus funciones.
La abentaquileros no mostró ningún asombro. huelga decir que era vigilada de cerca. Fue directa al palco del fantasma y colocó el preciado sobre en la pequeña balda adosada al antepecho.
Los dos directores, así como Gabriel y Mercier, estaban ocultos de tal manera que no perdieron de vista el sobre ni un segundo durante la representación e incluso después, pues, como el sobre no se había movido, los que lo vigilaban tampoco se movieron; y Mme. Giry se marchó mientras los directores, Gabriel y Mercier seguían allí.
Por fin, cansados de esperar, abrieron el sobre, tras cerciorarse de que los sellos no habían sido rotos.