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nydus/The Phantom of the OperaPublic
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Prólogo

Pero volveremos sobre el cadáver y lo que debe hacerse con él. Por el momento, debo concluir esta importantísima introducción agradeciendo al señor Mifroid (comisario de policía llamado para las primeras investigaciones tras la desaparición de Christine Daaé), al señor Rémy, antiguo secretario, al señor Mercier, antiguo director interino, al señor Gabriel, antiguo maestro de coro, y muy particularmente a la señora baronesa de Castelot-Barbezac, que antaño fuera la «pequeña Meg» de la historia (y que no se avergüenza de ello), la estrella más encantadora de nuestro admirable cuerpo de baile, la hija mayor de la digna señora Giry, ya fallecida, quien estuvo a cargo del palco privado del fantasma.

Todos ellos me prestaron una ayuda inestimable; y, gracias a ellos, podré reproducir ante los ojos del lector, con el más mínimo detalle, aquellas horas de puro amor y terror.

Y bien poco agradecido sería si olvidara, al hallarme en el umbral de esta espantosa y verídica historia, dar las gracias a la actual dirección de la Ópera, que tan amablemente me ha ayudado en todas mis indagaciones, y al señor Messager en particular, así como al señor Gabion, administrador, y a ese hombre tan amable que es el arquitecto encargado de la conservación del edificio, quien no dudó en prestarme las obras de Charles Garnier, a pesar de estar casi seguro de que jamás se las devolvería.

Por último, debo rendir público homenaje a la generosidad de mi amigo y antiguo colaborador, el señor J. Le Croze, quien me permitió hurgar en su magnífica biblioteca teatral y tomar prestadas las ediciones más raras de libros a los que tenía gran apego.

Gaston Leroux

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