Al mismo tiempo, comenzaron a percibir un cierto ruido cuya naturaleza no alcanzaban a adivinar. Simplemente notaban que el sonido parecía moverse y acercarse junto con el rostro ígneo. Era un ruido como si miles de uñas hubieran sido raspadas contra una pizarra, el ruido perfectamente insoportable que a veces hace una piedrecita dentro de la tiza que raspa la pizarra.
Continuaron retrocediendo, pero el rostro ardiente avanzaba, avanzaba, ganándoles terreno. Ahora podían distinguir sus facciones con claridad. Los ojos eran redondos y desorbitados, la nariz un poco torcida y la boca grande, con el labio inferior colgante, muy parecido a los ojos, la nariz y el labio de la luna, cuando la luna está completamente roja, de un rojo brillante.
¿Cómo se las arregló esa luna roja para deslizarse a través de la oscuridad, a la altura de un hombre, sin nada que la sostuviera, al menos en apariencia?
¿Y cómo iba tan rápida, tan en línea recta, con unos ojos tan fijos, tan fijos?
¿Y qué era ese sonido de arañazos, de raspaduras, de chirridos que traía consigo?
El Persa y Raoul no pudieron retroceder más y se aplanaron contra la pared, sin saber qué iba a suceder debido a aquella incomprensible cabeza de fuego, y sobre todo ahora, a causa del sonido más intenso, enjambrante, viviente, «numeroso», pues el sonido estaba ciertamente compuesto por cientos de pequeños sonidos que se movían en la oscuridad, bajo el rostro ardiente.
Y el rostro de fuego se acercaba… con su estruendo… ¡llegó a su misma altura!…