Estaba convencido de que esta soga ya había cumplido su cometido con Joseph Buquet, quien, al igual que yo, debió de sorprender una tarde a Erik manipulando la piedra en el tercer sótano. Probablemente lo probó a su vez, cayó en la cámara de tortura y solo salió de ella ahorcado. ¡Bien puedo imaginar a Erik arrastrando el cadáver, para deshacerse de él, hasta el escenario de El rey de Lahore, y colgándolo allí como ejemplo, o para aumentar el terror supersticioso que debía ayudarlo a vigilar los accesos a su guarida! Luego, pensándolo mejor, Erik volvió a buscar el lazo de Panyab, que está hecho de un modo muy curioso con tripa de gato, y que podría haber hecho pensar a un juez de instrucción. Esto explica la desaparición de la soga.
¡Y ahora descubrí el lazo, a nuestros pies, en la cámara de tormento! … No soy un cobarde, pero un sudor frío cubrió mi frente mientras pasaba el pequeño disco rojo de mi linterna sobre las paredes.
M. de Chagny se dio cuenta y preguntó:
—¿Qué le pasa, señor?
Le hice una seña violenta para que se callara.