Llegaron a la orilla de una ensenada que todavía se llama Trestraou, pero que ahora, según creo, alberga un casino o algo por el estilo. En aquel tiempo, no había más que cielo y mar y una extensión de playa dorada. Tan solo que también soplaba un viento fuerte que se llevó la bufanda de Christine mar adentro. Christine dio un grito y extendió los brazos, pero la bufanda ya iba muy lejos sobre las olas. Entonces oyó una voz que decía:
—No pasa nada, iré a buscar tu bufanda al mar.
Y vio a un muchacho correr a toda velocidad, a pesar de los gritos y las protestas indignadas de una respetable señora de negro.
El muchacho se metió en el mar, tal como iba vestido, y le devolvió el mantón. Tanto el muchacho como el mantón estaban empapados.
La señora de negro armó un gran escándalo, pero Christine rió alegremente y besó al muchacho, que no era otro que el vizconde Raoul de Chagny, de estancia en Lannion con su tía.
Durante la temporada, se veían y jugaban juntos casi todos los días. A petición de la tía, secundada por el profesor Valérius, Daaé accedió a darle al joven vizconde algunas clases de violín. De este modo, Raoul aprendió a amar las mismas melodías que habían encantado la infancia de Christine. Ambos poseían también el mismo temperamento tranquilo y soñador. Les encantaban los relatos, las viejas leyendas bretonas; y su pasatiempo favorito era ir a pedirlas a las puertas de las cabañas, como pordioseros:
“Señora...”, o, “Amable caballero... ¿tiene una pequeña historia que contarnos, por favor?”.
Y rara vez sucedía que no les «dijeran» uno; pues casi todas las viejas abuelas bretonas han visto, al menos una vez en su vida, a los «korrigans» bailar a la luz de la luna sobre el brezo.