despacho; ya sabes que estoy en todas partes—, bueno, te digo que, con tu imprudencia, acabarán preguntándose qué andas buscando por aquí… y acabarán sabiendo que buscas a Erik… y entonces ellos mismos irán tras Erik y descubrirán la casa del lago… Si lo hacen, ¡mal asunto para ti, viejo amigo, mal asunto!… No respondo de nada.
De nuevo sopló y resopló como una foca.
—¡Yo no respondo de nada!… Si los secretos de Erik dejan de ser los secretos de Erik, ¡pintarán bastos para una buena parte del género humano! Eso es todo lo que tengo que decirle, y a menos que sea usted un gran mastuerzo, debería bastarle… a menos que no sepa captar una indirecta.
Se había sentado en la popa de su bote y golpeteaba con los talones contra los tablones, esperando a oír lo que tenía que responderle. Me limité a decir:
“¡No es a Erik a quien busco aquí!”
—¿Quién, entonces?
—Tú lo sabes tan bien como yo: es Christine Daaé —respondí.
Él replicó:
«Tengo todo el derecho de verla en mi propia casa. Se me quiere por mí mismo».
—Eso no es verdad —dije—. Te la has llevado y la tienes encerrada.
—Escucha —dijo—, ¿prometes no volver a entrometerte jamás en mis asuntos, si te pruebo que se me ama por mí mismo?
—Sí, te lo prometo —respondí sin vacilar, pues estaba convencido de que para semejante monstruo la prueba era imposible.