noche, pero buscaron en vano a los fieros conspiradores que tenían orden de reprimir. Lo único inusual fue la presencia de M. Richard y M. Moncharmin en el palco cinco. Los amigos de Carlotta pensaron que tal vez los directores se habían enterado, por su parte, de los disturbios planeados y que habían decidido estar en la sala para sofocarlos en el acto; pero esta era una suposición infundada, como el lector sabe. M. Richard y M. Moncharmin no pensaban en otra cosa que en su fantasma.
“¡En vano! ¡En vano llamo, a través de mi vigilia exhausta, a la creación y a su Señor! ¡Jamás respuesta romperá el sombrío silencio! ¡Ninguna señal! ¡Ni una sola palabra!”
El célebre barítono Carolus Fonta apenas había terminado la primera súplica del doctor Fausto a los poderes de las tinieblas, cuando M. Firmin Richard, que ocupaba el asiento del propio fantasma, la primera silla de la derecha, se inclinó hacia su socio y le preguntó en tono de burla:
—Bueno, ¿te ha susurrado ya el fantasma alguna palabra al oído?
—Espera, no tengas tanta prisa —respondió M. Armand Moncharmin, con el mismo tono alegre—. La función apenas ha empezado y ya sabes que el fantasma no suele aparecer hasta la mitad del primer acto.
El primer acto transcurrió sin incidentes, lo cual no sorprendió a los amigos de Carlotta, puesto que Margarita no canta en este