—¡Calla la boca, imbécil! —murmuró M. Firmin Richard.
“Devolviste el abanico. ¿Y luego?”
—Pues bien, se lo llevaron con ellos, señor; ya no estaba allí al final de la función; y en su lugar me dejaron una caja de caramelos ingleses, que me gustan mucho. Ese es uno de los lindos detalles del fantasma.
—Ya es suficiente, Madame Giry. Puede retirarse.
Cuando Mame Giry hubo salido haciendo una reverencia, con la dignidad que jamás la abandonaba, el director le dijo al inspector que habían decidido prescindir de los servicios de aquella vieja loca; y, cuando este se hubo marchado a su vez, dieron instrucciones al subdirector para que liquidara las cuentas del inspector.
A solas, los directores se contaron el uno al otro la idea que ambos tenían en mente, la cual consistía en investigar por su cuenta aquel pequeño asunto del Palco Número Cinco.