puntual! … ¡Y ahora la llevabam en coche por el Bosque de Boulogne!
Los dedos de Raoul se clavaron en su carne, sobre su celoso corazón. En su inexperiencia, se preguntó ahora aterrorizado: ¿a qué juego estaba jugando la muchacha? ¿Hasta qué punto podía una cantante de ópera tomarle el pelo a un joven bonachón, completamente nuevo en el amor? ¡Oh, miseria! …
Así volaban los pensamientos de Raoul de un extremo al otro. Ya no sabía si compadecer a Christine o maldecirla; y la compadecía y la maldecía alternativamente. Sea como fuere, compró un dominó blanco.
L llegó al fin la hora de la cita. Con el rostro cubierto por un antifaz adornado con un encaje largo y espeso, y con la apariencia de un pierrot enfundado en su capote blanco, al vizconde todo aquello le parecía de lo más ridículo. ¡Los hombres de mundo no van al baile de la Ópera disfrazados! Era absurdo. Un pensamiento, sin embargo, consolaba al vizconde: ¡con toda seguridad nadie lo reconocería!
Este baile fue un acontecimiento excepcional, celebrado un tiempo antes de Carnaval, en honor al aniversario del nacimiento de un célebre dibujante; y se esperaba que fuera mucho más alegre, ruidoso y bohemio que el baile de máscaras ordinario. Numerosos artistas se habían puesto de acuerdo para ir, acompañados por toda una cohorte de modelos y discípulos que, hacia la medianoche, empezaron a armar un escándalo tremendo. Raúl subió la escalinata a cinco para las doce, no se detuvo a contemplar los abigarrados trajes desplegados a lo largo de los escalones de mármol, uno de los escenarios más suntuosos del mundo, no permitió que ninguna máscara facciosa lo arrastrase a una guerra de ingenio, no respondió a ninguna broma y se desprendió de la osada familiaridad de varias parejas que ya se habían vuelto un tanto demasiado alegres.