¡Hablo en serio, daroga! … Tenía en la mano un anillo, un sencillo anillo de oro que le había regalado … que ella había perdido … y que yo había vuelto a encontrar … una alianza de boda, ¿sabes? … Se lo deslicé en su manita y le dije: «¡Toma! … ¡Tómalo! … ¡Tómalo para ti … y para él! … Será mi regalo de bodas … un regalo de tu pobre e infeliz Erik. … Sé que amas al muchacho … ¡no llores más!». … Ella me preguntó, con voz muy suave, qué quería decir. … ¡Entonces le hice entender que, en lo que a ella respectaba, yo no era más que un pobre perro, dispuesto a morir por ella … pero que podía casarse con el joven cuando le placiera, porque había llorado conmigo y mezclado sus lágrimas con las mías! …”.
La emoción de Erik era tan grande que tuvo que decirle al persa que no lo mirara, pues se ahogaba y tenía que quitarse la máscara. El daroga fue hasta la ventana y la abrió. Tenía el corazón lleno de piedad, pero se cuidó de mantener los ojos fijos en los árboles de los jardines de las Tullerías, para no ver el rostro del monstruo.
—Fui y puse en libertad al joven —continuó Erik—, y le dije que viniera conmigo a ver a Christine... Se besaron ante mí en el salón Luis Felipe... Christine tenía mi anillo... Hice que Christine jurara volver una noche, cuando estuviera muerto, cruzando el lago por el lado de la Rue Scribe, y enterrarme con el mayor secreto con el anillo de oro, que debía llevar hasta ese momento... Le dije dónde encontraría mi cuerpo y qué debía hacer con él... Entonces Christine me besó por primera vez, ella misma, aquí, en la frente —¡no mire, daroga!—, aquí, en la frente... en mi frente, en la mía —¡no mire, daroga!—, y se fueron juntos... Christine había dejado de llorar... Yo solo lloré... Daroga, daroga, si Christine cumple su promesa, ¡volverá pronto!...
El persa no le hizo ninguna pregunta. Estaba bastante tranquilo en cuanto al destino de Raoul Chagny y de Christine Daaé; nadie habría podido dudar de la palabra del llorosos Erik aquella noche.