salpicaba del pozo desaparecía, casi al instante, bajo el suelo en el que estaba yacente, con la cabeza sobre la rodilla del hombre de la capa negra y la máscara negra. Me refrescaba las sienes y sus manos olían a muerte. Intenté apartarlas y pregunté: «¿Quién es usted? ¿Dónde está la voz?». Su única respuesta fue un suspiro. De repente, un aliento cálido pasó por mi rostro y percibí una silueta blanca, al lado de la silueta negra del hombre, en la oscuridad. La silueta negra me levantó hasta colocarme sobre la silueta blanca, un alegre relincho saludó mis oídos asombrados y murmuré: «¡César!». El animal se estremeció. Raoul, estaba recostada a medias sobre una silla de montar y había reconocido al caballo blanco de El profeta, al que tantas veces había alimentado con azúcar y golosinas. Recordé que, una tarde, corrió el rumor en el teatro de que el caballo había desaparecido y que había sido robado por el fantasma de la Ópera. Yo creía en la voz, pero jamás había creído en el fantasma. Ahora, sin embargo, comencé a preguntarme, con un estremecimiento, si era prisionera del fantasma. Invoqué a la voz para que me ayudara, pues nunca habría imaginado que la voz y el fantasma eran uno solo. Has oído hablar del fantasma de la Ópera, ¿verdad, Raoul?”.
—Sí, pero dime qué pasó cuando ibas en el caballo blanco del Profeta.
“I made no movement and let myself go. The black shape held me up, and I made no effort to escape. A curious feeling of peacefulness came over me and I thought that I must be under the influence of some cordial. I had the full command of my senses; and my eyes became used to the darkness, which was lit, here and there, by fitful gleams. I calculated that we were in a narrow circular gallery, probably running all round the Opera, which is immense, underground. I had once been down into those cellars, but had stopped at the third floor, though there were two lower still, large enough to hold a town. But